Editorial-Puerto Rico, arte y censura en la colonia 

 

El arte puertorriqueño ha desplegado siempre una gran excelencia y un fuerte elemento contestatario. Solo como un ejemplo, yendo hacia atrás hasta el año 1936, la pintura «El manicomio» del artista arecibeño vanguardista Julio Tomás Martínez (1878-1954) ya contiene una demoledora crítica política. Martínez colocó en su cuadro a varios de los más prominentes políticos puertorriqueños de la época entre los excéntricos pobladores de un pabellón psiquiátrico. Como artista, Martínez rompió moldes en el arte puertorriqueño y latinoamericano de su época, y formó parte del grupo de  precursores que dieron luego paso a la extraordinaria generación del 50, de esmerados maestros del oficio que imprimieron a su trabajo el sello indiscutible  de su excelencia artística y un contenido político abiertamente libertario, anti colonial y humanista. Esta tradición continúa inspirando a las sucesivas generaciones de artistas puertorriqueños hasta nuestros días. Maestros de aquellos años como Carlos Raquel Rivera, Lorenzo Homar, Rafael Tufiño, Antonio (Tony) Maldonado, José Antonio Torres Martino y otros sembraron la semilla fértil de donde luego  brotaron otros grandes de nuestra plástica como Carlos Osorio, Myrna Baez, Antonio Martorell,  Marta Pérez, Nelson Sambolin, Rafael Rivera Rosa, Rafi Trelles  y así sucesivamente hasta los muchos y muchas artistas de las generaciones más recientes  que han poblado y aún pueblan el abundante y generoso mundo de las artes plásticas puertorriqueñas.

Ser artista de excelencia en un país que es colonia de un imperio poderoso como Estados Unidos  representa un reto enorme para los nuestros. Por su condición colonial, a Puerto Rico se le niega el derecho a tener relaciones exteriores propias. No tiene embajadas, ni misiones culturales en otros países, ni redes internacionales que lleven nuestro  arte a los grandes mercados donde se cotiza el buen arte del mundo entero. Nuestros artistas se gestionan cada cual lo suyo a base de enormes sacrificios, y sin embargo, la inmensa mayoría se abre paso en ese mundo implacable  sin comprometer su arte, ni sus ideas, ni sus principios. Si de algo puede enorgullecerse Puerto Rico es del talento excepcional, y de la laboriosidad, creatividad e integridad de sus artistas.

Por eso ha sido tan oficioso y desafortunado el intento de censura  que tronchó la participación de la obra de nuestro artista Garvin Sierra en la Exhibición Poligráfica de Puerto Rico, América Latina y El Caribe que comienza esta semana en San Juan y otros pueblos y se extiende por varios meses. Según ha trascendido públicamente, Garvin fue invitado por la curadora de la muestra, Lisa Lander, a presentar su instalación «Retrato de una deuda», en la cual el artista plasma el devastador impacto que la deuda pública de $74 mil millones ha tenido sobre nuestro pueblo, y denuncia a los responsables: los gobiernos de Estados Unidos y Puerto Rico. Lander que, además de curadora bajo contrato del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), ejerce como cónsul de Suiza en Puerto Rico le dijo al artista que la obra era muy polémica y le pidió suavizarla presentando solo una porción de la misma. De no aceptar, ella tendría que consultar la decisión con sus supervisores en Suiza, según fue publicado. En carta al director del ICP, el artista denunció el intento de censura y le comunicó el retiro de su obra de la exhibición. La controversia creció como bola de fuego en redes sociales, y otros quince artistas puertorriqueños se retiraron del evento en solidaridad con Garvin Sierra y contra la pretendida censura de su obra.  Un sabor amargo al comienzo de un importante evento de arte que hacía seis años que no se celebraba, y que constituye  una nueva  versión  de la anterior Bienal del Grabado Latinoamericano y del Caribe que fue una plataforma grande y prestigiosa para los artistas y maestros del grabado de Puerto Rico y toda la región.

De todo este penoso asunto, se derivan varias lecciones. No basta con la decisión del ICP de publicar una disculpa pública y destituir la.curadora de esta exhibición. En adelante, el ICP debe garantizar que sus curadores y oficiales de eventos de arte sean personas independientes y libres de otras ataduras que puedan comprometer o viciar su criterio profesional. En adelante también, y para.evitar futuras controversias desagradables, es indispensable que en las agencias y entidades públicas, sean de arte y cultura o de cualquier otro menester, se implanten medidas para proteger  el buen nombre de las instituciones asegurándose de que sus funcionarios y oficiales usen un lenguaje y tono decorosos en sus comunicaciones, sean formales o a través de las redes sociales.

En un país como Puerto Rico, donde una vez fue delito pronunciar la palabra Patria y poseer nuestra bandera monoestrellada, el arte es uno de los pocos espacios que da voz a los reclamos del pueblo y denuncia las injusticias. Un espacio que domina con gran maestría y sentido de propósito nuestro genial artista Garvin Sierra, exponente fuera de serie del arte puertorriqueño contemporáneo.

A partir de esta semana, y estrenando el nuevo título «Ante la censura, saluda», Garvin Sierra lleva su instalación de denuncia sobre la deuda pública de Puerto Rico a la sede de «Pública», en la Avenida Ponce de León en Santurce, para que pueda ser disfrutada sin censura por toda nuestra gente.

 

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Author: editorial